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domingo, 25 de diciembre de 2016

Señora mayor

Si todo el mundo se tira al río, ¿yo también debo hacerlo?

Soy socia del Fortín desde hace años… bastantes… más de una década, creo.

Hasta que comenzó la actual gestión Gámez los socios entraban gratis tanto a la popular como a la platea Sur (donde íbamos mi hijo y yo). La Norte era (y sigue siendo) paga y con localidades NUMERADAS, le pese a quien le pese.

Luego salió la campaña «Te quiero a mi lado», que propiciaba la adquisición de abonos para las plateas Sur (dejó de ser gratuita) y Norte.

Mi hijo aprovechó (con sus, por aquel entonces, dieciséis añitos) para irse definitivamente a la popular. Yo opté por sacar un abono a la Norte (que renové hasta mediados del 2017)… Y me estoy arrepintiendo.

En un país como Argentina, donde tratamos de boludo al que guarda los papelitos o las botellas de lo que haya consumido para tirarlos luego en el primer tacho que encuentre; donde nos jactamos de eludir alguno que otro molinete de tren para viajar gratis; donde hacemos añicos los derechos de autor en pos de la libertad de expresión; donde todavía seguimos festejando el gol de Maradona a los ingleses… ¿qué podemos esperar de una miserable LOCALIDAD NUMERADA en una platea de una cancha de fútbol? Lo mismo: nadie respeta la ubicación que le fue asignada por el sector de Socios del club. Que, a la postre, es el que te pregunta (en el momento de adquirir el abono para la Norte) dónde te gustaría sentarte… Pero luego te aclara que casi nadie respeta dicha asignación; y que la policía no interviene. ¡Bingo! Muy lindo el wifi gratis y el termito de regalo pero… ¿vale la pena?



Yo, debo confesarlo, vengo zafando. Las pocas veces que encontré ocupada mi butaca, siempre me fue cedida. A otros se les ha complicado un poquito.

Apenas hubo comenzado el partido que disputaron el sábado 10 de diciembre Vélez y Atlético Rafaela, noté que dos señores que recién llegaban entablaban una conversación algo subida de tono con tres mujeres (sector H, fila 5, asientos 1, 3 y 5). Dos de ellas, de muy mal humor y vociferando, se levantaron y los señores se sentaron (cada cual en su lugar).

El "Arengador de la Norte" estaba delante de mí: en la fila 6, asiento 2. Es un tipo cincuentón entrado en kilos que se caracteriza por dirigirse (de espaldas a la cancha) al público e instar a alentar al equipo (típico de los líderes de la popu), agitando la camiseta que previamente se hubo sacado; dejando al descubierto su peludo torso y sus aflanados rollitos, que rebotan entre sí cual acordeón al compás de sus saltos.

Con la remera puesta, llamó a las mujeres y las terminó acomodando a su lado, en los asientos 4 y 6 (en cada sector, desde el centro, hacia el Oeste corren los impares y hacia el Este, los pares).

En el entretiempo, una de ellas fue a buscar a la tercera mujer: su madre, ya entrada en años y con deficiente andar. Había quedado en el asiento 5 de la fila 5 (sin nadie que lo reclamase).

—Es una señora mayor, ¿no les da vergüenza? —sentenció la hija, mientras retiraba a su madre del lugar, dirigiéndose a los dos abonados que lograron botarlas. (Pregunto: ¿vergüenza de reclamar el lugar que les corresponde?).

—Entonces que se quede en su casa, mirando el partido por televisión —(cosa que hemos hecho muuuchas veces; ¡vaya novedad!) acotó, irónico, uno de los dos susodichos.

Los primeros asientos pares de la fila 6 quedaron así ocupados: en el 6, la amiga de la hija; en el 4, la "señora mayor"; en el 2, el Arengador; en el pasillo, la hija.

Presencia humana en las butacas con numeración par del sector H. Segundo tiempo. Fuente: Dale Fortín.

Me puse a charlar con la hija de la "señora mayor".

—¿No tienen ubicaciones asignadas?

—Sí, siempre me siento por allá adelante —expresó, señalando las primeras filas del sector T, que dan al foso—, pero mi mamá es una señora mayor y hay mucho sol: no la iba a llevar allá. Aparte, ¡nadie respeta los lugares!

—Yo sí —le retruqué, observando en su mirada cierto instinto asesino—. Elegí este lugar teniendo en cuenta el sol y la lluvia.

—Soy una señora mayor… Vos… ¿no me hubieras dado el asiento? —me preguntó la madre (es decir, la "señora mayor").

—¿La verdad?: no —le respondí—, porque cada uno tiene asignado un lugar.

—Dejá, dejá… Se perdieron los valores —me dijo, por último, la "señora mayor".

Me hicieron la cruz y no me dirigieron la palabra por el resto del partido.

A todo esto, vinieron los goles de Nasuti (2 min ST) y Pavone (7 min ST), que fueron festejados por el grupo: la hija se abrazaba con el Arengador y entrechocaba la diestra con su madre y su amiga.

Cerca del final, el Arengador hizo de las suyas: se paró, se sacó la camiseta y expuso su peludo torso transpirado mientras realizaba su "acto", tal cual lo relatado. Pero esta vez estaba rodeado por mujeres. Miró a la hija, a su madre, y amagó con ponerse la remera. El espacio, insuficiente, le jugó en contra y optó por cubrirse (con la camiseta hecha un bollo), su acordeonado pecho.

¡Otro gol velezano, otro gol velezano!, rogaba yo. Quería ver si la impactante hija de la "señora mayor" se abrazaba nuevamente con el Arengador, todito chivado y sin remera puesta. Pero no sucedió: me quedé con las ganas. Pero nadie le quita lo bailado al Arengador: se abrazó dos veces con una bomba.

Habiendo llegado a esta instancia, varias cosas me pregunto…

— Si en un teatro se respetan las localidades numeradas, ¿por qué no en la Norte de Vélez? (¿No es referido, acaso, como «el Teatro Colón del Fútbol»?).

— ¿Tanto cuesta que cada uno se ubique en SU lugar?

— (¿El Arengador llamó a las dos mujeres por ser caballero o por sentirse atraído por ellas? ¿Lo hubiese hecho solo por la "señora mayor"?).

Si nadie respeta nada, ¿para qué pagar por un supuesto "lugar fijo" en la Norte? Saco un abono a la Sur (que es muuucho menos oneroso) y te cedo todos los asientos que quieras; total no hay localidades numeradas allí. La contra: me quedo sin el wifi gratuito del cual se dispone por estar abonado a la Norte. Upsss.

Y vuelta la burra al trigo: ¿solo tres socios estábamos en nuestros lugares? Cuac.

Cualquier similitud con el resto de Argentina es mera coincidencia. Así estamos. Nos importa un bledo el prójimo y lo pasamos por arriba apenas podemos (muchas veces con alguno que otro disfraz de "señora mayor").